Trabajar remoto desde Rosario mientras estudio: el precio y lo que compré
Equipo en tres husos horarios, parciales que se cruzan con sprints, y la misma silla para todo. Lo que cuesta y lo que se gana de un arreglo que ningún post de digital nomad cuenta.
La silla del escritorio en mi casa de Rosario. La misma en la que estudio a las 8 de la mañana, desde la que entro a la reunión semanal del equipo a las 11, donde almuerzo con la laptop abierta, y que sigue ocupada a las 10 de la noche cuando estoy resolviendo un bug. Esa silla es el escenario completo de mis últimos años — facultad y trabajo, todo en el mismo metro cuadrado.
Trabajo 100% remoto desde el día uno de mi carrera. Siempre desde casa. Casi nunca un café o un coworking. Hoy estoy en Brault, un equipo distribuido entre New York, Argentina y Madrid. No es la fantasía de la playa en Bali — es Rosario, escritorio, y un equipo a tres husos horarios que nunca cierra al mismo tiempo.
Mis días son imposibles de tipificar. Algunos arrancan a las 6 porque tengo clase a las 7:15. Otros a las 8 con un café tranquilo porque ese día curso de tarde. Otros se cortan a las 4 porque tengo un parcial a las 19. La facultad es la jefa del calendario. El trabajo encaja en los huecos. Ese fue el shape real de mis días — no una rutina que elegí, una que se acomodó.
Tres cosas son las que me cuestan de verdad. La primera: trabajo y estudio se superponen. Las deadlines de un parcial y las de un sprint compiten por la misma cabeza, y no siempre sabés a cuál atender primero. La segunda: coordinar con un equipo en tres husos horarios es un sudoku permanente — si la reunión es a las 9 en Argentina, en Madrid son las 13 y en New York las 7. Cualquier horario tiene a alguien comiendo, levantándose o cenando. La tercera: la silla nunca cambia. No hay un "ya estoy en casa" porque ya estás en casa. No hay corte físico que te diga que el día terminó.
Y a cambio, tres cosas que este arreglo me dio. Pude estudiar Ingeniería en Sistemas full-time — si tenía que viajar dos horas por día a una oficina, no termino la carrera nunca. Salté de junior a arquitecto en 18 meses, con responsabilidades que no imaginaba cuando arranqué. Y aprendí a trabajar distribuido desde el día uno: cómo escribir un mensaje claro en Slack para no necesitar tres ciclos de pregunta-respuesta, cómo dejar contexto en un PR para que alguien en Madrid pueda continuar mañana, cómo evitar reuniones para todo.
Algún día voy a tener una oficina, un cuarto separado, una rutina con bordes. Pero la carrera, el salto de junior a arquitecto y el equipo distribuido — esos no me los puedo guardar para después.
Esto es transitorio. Lo que se gana acá, no.
¿Vivís un arreglo parecido? Escribime a hello@sebastianfermanelli.com — me interesa cómo lo llevan otros.